Carlos Areces te pondría mirando a Cuenca

Guía Tentaciones

Pero no por lo que piensas... A Carlos Areces le gusta perderse por la ciudad de las casas colgadas. Es uno de sus sitios favoritos junto a la playa de la Zurriola

Grabado en HDR con un LG G6

A Carlos Areces se le puede definir de muchas maneras: irónico, divertido, transgresor, provocador y hasta ‘persona non grata’. En una ocasión le vetaron en los Premios Goya por negarse a que controlaran su intervención. Pero eso, seguramente, no es lo peor que le ha pasado.

Como actor, nos quedamos con cualquiera de sus intervenciones en La hora chanante (aquella genialidad que puso a todo el corrillo de Joaquín Reyes en la cresta de la ola) y Balada triste de trompeta, de Alex de la Iglesia. Aunque hay que reconocer que su papel del integrante de la banda ETA, Patxi, en Negociador, sorprendió por alejarse bastante de los registros a los que nos tiene acostumbrados. Nos encantaría, y no nos sorprendería, verle un día en una de Lynch.

Pero Carlos tiene otra cara, como el famoso libro de Robert Louis Stevenson: Carlos Areces, el doctor Jekyll, es un tipo que dentro de su histrionismo es entendible, disfrutable y llevadero. Pero cuando se convierte en el mister Hyde de Ojete Calor, su vertiente musical, la cosa se desboca: ataviado con un vestido de primera comunión y poseído por un nerviosismo propio de una niña hiperactiva de 7 años, Carlos Areces se transforma en una especie de pequeño tormento infantil, sin serlo. Siempre junto a su media naranja, Aníbal Gómez. Tonta Gilipó y Qué Bien Tan Mal, son un par de ejemplos del grado de enajenación a la que pueden llegar estos dos: en la composición de temas y en la resolución de sus videoclips.

Y como es un tipo poliédrico, Areces tiene una tercera cara (seguramente tenga cien mil más, por ejemplo la de tener el récord del actor que más veces ha interpretado a Franco: cinco), dedicada al mundo del cómic: es dibujante antes que actor, músico, presentador y cómico. Carlos, que además es listo, ya dibujaba caricaturas en los recreos del colegio, que luego vendía a sus profesores. En Cuenca, mientras estudiaba Bellas Artes, conoció a Ernesto Sevilla y el resto de la pandilla ‘chanante’, también estudiantes en la ciudad de las casas colgadas. Algo que, probablemente, le cambió la vida. Y a nosotros también.

Darío Manrique y María Gómez han conseguido sonsacar al madrileño cuáles son sus vicios y tentaciones ocultas, desde un paseo por la Zurriola en modo ‘mirada perdida al infinito’ a una tienda de Londres especial para frikis del cómic y la ciencia ficción. Y si te quedas con ganas de más, pincha aquí.